Fan Fiction

...Music ...

jueves, 28 de enero de 2010

A los Pies del Monte Hermón ...

Continuaron con la misma rutina durante más días, incluso se podría decir que algunas semanas, hasta que llegaron a la Cordillera del Antilíbano, que formaba la frontera natural con Siria y Palestina. Más al Norte de aquella franja montañosa, les quedaba atravesar un estrecho camino, aún más lejano, hasta llegar a la fortaleza de Masyaf. Tendrían que rodear el Monte Hermón, donde surgió la leyenda de los Gigantes de Tula.




-Dice la Biblia, en el Génesis 6- comenzó Adah, casi hipnotizada por las imponentes cumbres nevadas del Monte- “Cuando los hombres se habían multiplicado sobre la Tierra y habían procreado hijas, viendo los hijos de Dios, que las hijas de los hombres eran hermosas, escogieron de entre ellas por esposas a las que quisieron. Por entonces, y también en épocas posteriores, cuando los hijos de Dios cohabitaban con las hijas de los hombres y éstas tuvieron hijos, aparecieron en la Tierra los gigantes”.

-Yo también creo haber escuchado esa historia en alguna parte ...-murmuró Altaïr, contemplando el crepúsculo rojizo y violáceo que se había formado detrás de las montañas, que brillaban blancas como si fueran nubes.

Llegaron a los pies del monte y formaron una tienda con algunos palos que habían recogido por el camino y telas gruesas, para protegerse al menos del fuerte viento, que arrastraba la arena directamente como flechas a cualquiera que pasara por allí. Se notaba que hacía más frío y tuvieron que ataviarse con algunas ropas extra encima. Encendieron un fuego del que no se separaron en toda la noche. Alrededor suya, había masas de pinos, viñedos, robles y álamos, distribuidos desigualmente como manchas verdes a los pies del Monte.

Altaïr había cazado un par de liebres, ya que la carne se les había acabado hacía días. Adah se encargó de cocinarlos. Mientras cenaban, Adah estaba más rara de lo común, a penas probaba bocado de su comida y estaba mirando fijamente hacía un punto concreto, delante de ellos, justo donde se encontraban un montón de arbustos oscuros. Altaïr miró hacia la misma dirección con la vista de águila, pero no encontró ningún rastro, sombra o figura a través de la espesa arboleda. Siguió comiendo sin dejar de observar a la joven.

Cuando se acostaron, Altaïr fingió dormir bajo su capucha, al mismo tiempo que la vigilaba con los ojos bien abiertos, ocultos entre las sombras del capuchón con forma de pico. Adah, cuando creyó que éste dormía, se levantó muy despacio y se tapó la cabeza con una tela para resguardarse del frío. Se acercó hasta los arbustos que se habían quedado contemplando hipnotizada durante toda la cena. Abrió paso entre los mismos con sus manos y se encontró con una pequeña niña, que llevaba al lado un melenudo poney.

-Te estaba esperando ...-murmuró Adah en voz baja, en una especie de hebreo antiguo que Altaïr a penas podía comprender.

-Y yo te he estado buscando … Gracias al paso lento que llevabais, os pude alcanzar- contestó la niña con gesto inexpresivo en su pálido rostro. Tenía la cara ovalada, con escasos pómulos y regordetas mejillas. Su nariz era chata y tenía unos grandes y rasgados ojos marrones, la boca era un poco grande y el labio superior era una línea fina en comparación con el grosor del inferior. Tenía el cabello a media melena, castaño oscuro y ondulado.

La joven se inclinó sobre ella para abrazarla, cosa que a la niña, bastante alta para su edad, correspondió, rodeándola con sus brazos. Después, Adah la tomó el rostro, mirándola con mucha dulzura y alegría al mismo tiempo. Altaïr no podía creer lo que estaban viendo sus ojos: durante todo el viaje, habían estado siendo seguidos y él no se había percatado. Preparó su puñal. Sabía que no debía fiarse de ella.

-¿Cómo me encontraste?-preguntó Adah, alegremente.
-La Nana ha enviado a muchas de nosotras por todo el territorio, tenía esperanzas de encontrarte antes de que cruzaras la frontera ...-aclaró la niña, mientras señalaba con su dedo índice los alrededores del Monte Hermón- Fue mera casualidad cuando te encontré. Parasteis en un pueblecito palestino en el que yo me encontraba. Te reconocí al instante y decidí seguirte. Ese hombre que te lleva no se parece a uno de Ellos.

-Ya lo sé, pertenece a otros.- afirmó Adah con cierta tristeza- Pero es peligroso que estés aquí: es un hombre peligroso, un asesino en toda regla.

-No pienso irme después de tanto esfuerzo y tiempo empleados …. Tengo que llevarte de vuelta o la Nana ...-Adah la hizo callar con un dedo sobre su boca infantil. Había escuchado un ruido, exactamente el chasquido de unas ramitas al romperse.
Se levantó y miró a su alrededor, protegiendo con su cuerpo a la pequeña, mientras el poney comenzaba a ponerse también nervioso. Altaïr se quedó muy quieto, siendo muy consciente de que él mismo era quien había producido aquel sonido, por falta de concentración. ¿Habían enviado a una niña a rescatar a la joven? Sonaba absurdo, pero entonces en su mente apareció la imagen chamuscada de aquel niño andrógeno sobre la mesa de Kadar. Subido a la rama de un árbol, esperó el momento en el que debía entrar en acción.

-Debes marcharte ...- le murmuró Adah a la niña, dándose la vuelta y tomándola por los hombros con fuerza. Sus ojos brillaban de miedo, mientras la pequeña permanecía con un gesto inexpresivo en el rostro. La empujó hacia atrás y la niña siguió mirándola con ojos fríos, ausentes de brillo.

Altaïr saltó sobre Adah y la agarró de un brazo, hasta colocárselo por detrás de la espalda, mientras mantenía muy cerca de su garganta la cuchilla que salía de detrás de su muñeca.

-¡Corre!- gritó Adah.

La niña se montó rápidamente en el poney y emprendió la marcha, adentrándose en el oscuro bosque. Altaïr golpeó a la joven en la cabeza y ésta calló inconsciente sobre el suelo. La amarró las muñecas por detrás del cuerpo y la dejó allí, tendida bocabajo sobre la hierba y las hojas de árbol secas, mientras de su lisa frente comenzaba a frotar un chorro brillante y oscuro.

Salió corriendo a toda prisa, saltando entre los árboles con la cuchilla recogida, tratando de visualizar a la niña con la vista de águila. Pero aún así no consiguió vislumbrarla. Paró en seco en medio de un claro, y miró a su alrededor sin levantar demasiado la vista. Apretó los puños con fuerza y sacó su cuchilla por si tendría que defenderse. Alzó la vista alertado por un ruido procedente de las copas de los árboles, pero comprobó desilusionado que se trataba de un pájaro grande y oscuro, que chilló mientras cruzó el cielo estrellado.

Sin haberlo previsto, sintió una punzada en el gemelo y calló al suelo gritando de dolor. Al reincorporarse, apoyado sobre sus brazos, vio la figura de la niña mirándole con tranquilidad y desprecio al mismo tiempo. Tenía una pequeña daga sujeta en un mano. Después, sin mediar palabra, salió corriendo, entrando en el bosque por el mismo sitio que él había atravesado para llegar a aquel claro, donde ahora se encontraba herido. Trató de levantarse varias veces con mucha dificultad y un dolor que le quemaba por dentro del músculo, ensangrentado y abierto. Cojeando se volvió hacia el campamento, caminado lo más deprisa que le permitía su herida. Los dientes le chirriaban de rabia.

La niña volvió al lado de Adah y la encontró inconsciente en el suelo, amarrada. Se acercó corriendo a ella, soltando la daga de su mano, y la cogió dándola la vuelta, mientras la daba unas palmaditas en las mejillas para que despertara. Se percató del hilillo de sangre de su frente y tomó un poco entre sus dedos, observando sus yemas manchadas de rojo a la luz azulada de la Luna …

-¡Suéltala!- le ordenó Altaïr, desde las sombras y apoyado sobre un árbol, para poder mantenerse de pie sin que el dolor de la herida hiciera que se le saltaran las lágrimas.

La niña se giró despacio, con suma tranquilidad, mostrando solo el perfil de su redonda nariz. Aún tenía la cabeza de Adah apoyada sobre su regazo, mientras ésta comenzaba a moverse lentamente, como si estuviera despertándose de un largo sueño. Altaïr se acercó a la pata coja, se arrodilló frente a la niña y le mostró la cuchilla de su mano izquierda, a lo ella respondió con gesto frío y serio, sin inmutarse en ningún pestañeo.

-¿Quién eres?- le preguntó Altaïr con el ceño fruncido, mientras la mano le temblaba ligeramente. Ella pestañeó y cambió la mirada, para contemplar el rostro contraído de Adah mientras se esforzaba por abrir los ojos.

-¿Nofek …?-murmuró Adah, cuando consiguió abrir por completo sus ojos verdosos, que parecían cobrizos debido a la luz de la Luna. Levantó un poco la cabeza y observó el filo de la cuchilla del joven con un brillo metálico que le produjo un escalofrío- Altaïr, no …

-¡Cállate!- le gritó él, sin contenerse.

-Déjala marchar- sentenció la niña, con una voz demasiado grave para una muchacha de su edad.
Altaïr la miró aún más sorprendido. Ella, impasible, le desafiaba con una mirada tranquila y confiada. Él agarró a Adah de un brazo y tiró de ella contra su pecho. Se levantaron y caminaron una rato hacia atrás, mientras Altaïr la apuntaba con la cuchilla. Ella les miraba sin moverse de su sitio, arrodillada. El joven asesino empujó a Adah contra un árbol cercano, sujetándola con fuerza por el pescuezo, mientras ella entrecerraba un ojo, al estar la otra mitad de su rostro aprisionado contra el tronco. Con un movimiento rápido la soltó de sus ataduras y la soltó, dejando que cayese al suelo. Ella se acariciaba las muñecas molesta, observando en cada momento lo que él hacía.

-¿Quién es ella?-preguntó en voz alta Altaïr, dirigiéndose claramente a Adah.

La joven dudó un minuto, con las lágrimas a punto de derramarse por su rostro, aferrándose con fuerza al tronco del árbol donde él la había empujado. Por fin, se decidió a hablar.
-Es una de mis Hermanas ...-contestó ella con voz queda.

-¿A qué ha venido?

-No lo sé …

-¡¿Cómo que no lo sabes?!- saltó Altaïr complemente furioso, acercándose a la joven de manera violenta. La amarró por la muñeca y tiró de ella hacia arriba, zarandeándola al mismo tiempo.-¡Me engañaste!¡Me has traicionado!

Ella solo sollozaba y apretaba los párpados con fuerza para no abrir los ojos y encontrarse de cara con una mirada furiosa de aquel hombre. Indignado y asqueado a la vez, la soltó, lanzándola casi contra el suelo. Ella, llorando a lágrima viva, se amarró a sus piernas y palpó en uno de los gemelos, como un líquido brotaba, caliente por dentro del pantalón desgarrado. Apoyó su frente contra la rodilla de él y abrió los ojos, aunque lo veía todo borroso a través de sus húmedos ojos.
-Estás herido ...-murmuró ella, volviendo a ese estado de ensimismamiento que la caracterizaba cuando se encontraba en medio de una situación dramática y sangrienta.

-Tu Hermana me ha atacado.

-Si no lo hubiera echo, me hubieras matado- contestó la niña, manteniendo la misma pose en el mismo lugar, aunque esta vez el gesto inexpresivo de su rostro desapareció, dejando tras de si una contracción ruda a nivel de las redondas y pobladas cejas.

-Nofek ...-susurró Adah de nuevo.

-No eres más que otro bastardo … Otro cerdo que quiere arrebatarnos lo que es nuestro por derecho- continuó la cría, elevando con cada palabra más la voz.

-¡Nofek!- gritó la joven de nuevo, aferrándose con fuerza a las piernas de Altaïr- ¡Déjala marchar y haz conmigo lo que quieras! Pero por favor, ¡déjala marchar!

Altaïr miró a la desesperada Adah por el rabillo del ojo, y después dirigió una mirada fulminante a la pequeña. La pequeña se la devolvía con la misma impasibidad, solo ceñuda demostrando una tranquila fiereza que desprendían sus castaños y grandes ojos. Se deshizo de los delgados brazos de Adah, que rodeaban sus piernas, y se acercó con paso firme a la criatura, cogiéndola de un brazo y obligándola a levantarse de un solo tirón.

-"Apartar la hoja de la carne del inocente" ...-murmuró él, sin dejar de fijar su ojos en los de la cría- Aunque me hayas atacado, lo consideraré como defensa propia … No voy por ahí matando niños … Va contra los principios de la Hermandad.

La soltó con brusquedad y se encaminó hacia Adah. También la cogió por un brazo y la levantó bruscamente. Ella se aferró a las telas que cubrían su pecho, sollozando. Altaïr intentó separarla de si, pero no pudo. Levantó el mentón de la joven y vió unos ojos enrojecidos por el llanto, que remarcaban aquel hipnotizante color de camino entre oro líquido y verde musgo.

-Ahora es tu oportunidad Adah … Puedes marcharte si quieres- le dijo él, sin separar sus dedos de las suaves mejillas de la joven. Los ojos de ella se abrieron de par en par …

No Somos tan Diferentes ...

Cada día que pasaba, aquella chica aturdía cada vez más al joven asesino. Una mezcla de dulzura e inocencia chocaban con aquella imagen violenta y desgarradora de la joven, cuando ésta se ensañaba con el cuerpo de su agresor. Desde aquel día, no la volvió a ver en estado de shock o ensimismamiento. Y, aunque él trataba de tomarse las confianzas necesarias y no caer en el error de mirarla como podría hacerlo con cualquier otra mujer, seguía manteniendo esa actitud hosca con la que la había tratado cuando se conocieron. La joven, en vez de molestarse, sonreía por lo bajo y seguía siendo amable y dulce con él.

Siguieron el cauce del río a través de los bosques que se formaban a su alrededor bien a pie o montados en los caballos. Ella bautizó a su caballo, que era blanco con un montón de pecas grises por todo el cuerpo y, tanto la cola como la crin, de color gris oscuro. Le llamó Lior, que significaba en hebreo “mi luz”. Cuando tenían hambre, paraban la tranquila marcha y, entre las piedras del río, formaban un pequeño campamento. Allí armaban el fuego y se sentaban a comer, mientras los caballos descasaban a la sombra o bebían tranquilamente en la orilla del río. En una de aquellas veces, ella le propuso bañarse con los caballos. Altaïr arqueó una ceja molesto.

-No tenemos tiempo para perderlo en jueguecitos …-murmuró molesto, sin siquiera alzar la cabeza para mirarla.

-Vamos … Seguro que con este calor lo agradecerán ...- y ella, acto seguido, se quitó las migas de las manos con unas palmadas, y, mientras seguía masticando el último bocado, se levantó corriendo para coger las riendas de Lior.

Se acercó hasta la orilla y dejó al animal beber, mientras ella se quitaba las ropas, ante la atónita mirada de Altaïr. Aquella jovencita se estaba volviendo muy descarada … No era consciente de las provocaciones que hacía … Soltó la oscura melena que brillaba con cada destello del sol y comenzó a quitar la silla de montar y demás enseres, solo dejando las riendas para poder tirar, río adentro, del animal. Al principio éste se asustó y se resistió a entrar en las gélidas aguas, tratando de encabritarse, pero la tozudez de Adah fue mayor.

Altaïr se levantó y se acercó a la joven para persuadirla de hacerlo, pues podría caerse y hacerse daño o puede que caballo la golpeara por accidente. La agarró por las manos, metiéndose él así también en el agua y la miró con dureza.

-Ya basta, Adah, deja al caballo en paz.

-Al principio tendrá miedo, pero no le llevaré muy adentro … Solo quiero mojarle …

-Para- le dio un manotazo y Adah soltó sorprendida las riendas, que él tomó, redirigiendo al caballo al sitio en el que antes estaba, junto a Badr.

Adah se quedó mirándole divertida y corrió de puntillas hacia él, mientras éste ataba a las ramas de un árbol las riendas. Le pilló desprevenido por la espalda y le rodeó por la cintura, tirando de él hacia atrás.

-¡¿Qué demonios haces?!-gritó él, deshaciéndose de los brazos de la joven y dándose la vuelta para recriminarle su actitud.

-Si no me dejas bañar al caballo ...-y le agarró del antebrazo con dos manos mientras tiraba de él cansinamente- ¡Te bañas tú!

Altaïr se dejó llevar sin muchas ganas, mientras ella le arrastraba hasta la orilla del río. Ella se acercó a él y comenzó a desabrocharle el cinto, pero Altaïr la detuvo.

-¡Eh!-se quejó él, cogiéndola las manos- ¿Qué pretendes hacer?

-Desnudarte-dijo sonriéndole y él al mismo tiempo tragó saliva- Vas a bañarte, ¿no?

-Eso ya lo haré yo solito cuando crea oportuno … Si quieres bañarte, hazlo tú, pero a mí déjame en paz … -buscó una excusa rápidamente para poder escaquearse- Voy a dormir un poco.

Adah se le quedó mirando quieta y un poco decepcionada, pero poco después ella también se dio la vuelta y se dirigió al río. Altaïr se acomodó a los pies de un gran árbol y se tapó el rostro con la capucha, para procurar no mirar ni que tampoco los rayos del sol le dieran directamente sobre los párpados. Por el rabillo del ojo, observó cada movimiento de la joven, alternando la mirada entre su pequeña figura y los alrededores, que estaban complemente poblados de árboles y una espesa y verde vegetación.

De repente, el joven abrió los ojos ampliamente completamente sorprendido, mientras contemplaba embelesado como la joven se desprendía de la camisa sin hombros y dejaba al descubierto la cintura de avispa y las anchas caderas, que hacían semejar su fina figura a la de una guitarra. Sentada sobre sus rodillas y aún con los blancos bombachos puestos, la joven se inclinó sobre el agua y comenzó a mojarse los cabellos con la ayuda de sus manos. Sus dedos pasaban por entre los cabellos como si fueran las gruesas púas de un peine.

La joven se lo recogía una y otra vez, para después enrollarlo sobre si mismo y escurrir el sobrante de agua. La imagen de su espalda le trajeron a la mente de Altaïr recuerdos que parecían lejos, y que incluso él ya creía olvidados … La calidez del aire … El olor a incienso … El dulce sabor en la boca a hachis y arak … Las luces amarillentas de los candelabros … Los pájaros cantando en plena primavera … El sonido del agua procedente de una fuente …

Era joven, ya entrando en la adolescencia. Estaba nervioso, pero al mismo tiempo relajado. Era extraño. Sus ojos estaban semicerrados, algo mareado por el intenso olor a incienso. No le dolía el estómago, como solía sucederle cada vez que estaba nervioso … Pero aún así, había algo que le inquietaba en aquel pacífico lugar. Estaba tumbado sobre un montón de grandes y pequeños cojines, de colores intensos y brillantes bordados dorados. Se reincorporó y tuvo la sensación de que todo aquello que le rodeaba, se movían lentamente, incluido él mismo.

Una mujer apareció gateando, contoneándose con las caderas exageradamente. Llevaba unos bombachos transparentes de color anaranjado que dejaban muy poco a la imaginación sobre las formas redondas y carnosas de sus morenos muslos. Le estaba sonriendo también por debajo del velo escarlata que cubría la cabeza y parte de su rostro. Se sentó a su lado y le miró fijamente, sin dejar de sonreírle con cierta nostalgia en la mirada. Le acarició la cabeza y el rostro, como si fuera una madre.

Al poco rato, otra muchacha vestida en tonos violeta y púrpura, se acercó lentamente hasta llegar al lado de su compañera. Eran ya casi unas mujeres, mucho más mayores que él. Primero le miró a él, con cierta curiosidad y después dirigió sus oscuros y grandes ojos a su compañera.

-Es guapo ...¿cierto?-murmuró la chica de naranja.

-Casi es un crío ...-contestó la otra sin mucho entusiasmo. Le volvió a mirar y se acercó aún más a él. El corazón le dio un vuelco y se encogió sobre si mismo- ¿Tienes miedo?



Él abrió la boca y solo consiguió que salieran unos balbuceos que le hicieron sentir estúpido. Ella murmuro, con lástima fingida: “Pobrecito”. Le acarició el rostro casi dejando resbalar su mano y bajó por el suelo, mientras sus ojos, astutos como los de un lince, no dejaban de observar sus gestos. Su boca le temblaba, mientras la otra chica le sonreía y continuaba acariciándole el rostro con amor casi maternal.

La vista se le iba de un lado a otro sin poder controlarla, como cuando estás a punto de dormirte pero te despiertas una y otra vez luchando contra el cansancio. Así, constantemente, mientras la mujer le metía la mano por debajo de la túnica, acariciándole el pecho y explorando su cuerpo joven y virgen … Ésta se bajó el velo dejando al descubierto su boca, pintada con un carmín intenso que le hacia la boca grande y carnosa, para después inclinarse sobre su vientre. Su húmeda lengua se posó un poco más arriba del ombligo.

Su vientre se encogió ante aquel extraño tacto. La primera joven se inclinó sobre él, sujetándole con una mano el rostro, mientras lo dirigía directamente al suyo. Su boca también era igual de roja como la de la otra joven. Sus labios tocaron suavemente los suyos y él, inconscientemente y guiado por el instinto, cerró los ojos, dejándolos caer como cortinas.

En la oscuridad de sus párpados, se dejó llevar por las sensaciones nuevas que estaba experimentando de la mano de aquellas dos jóvenes. Notaba sus manos recorrer su cuerpo de arriba abajo con miles de cosquilleos que le hacían, poco a poco, despertar un volcán que dormía aún dentro de él. El calor le recorría desde la coronilla hasta la punta del dedo gordo de su pie, como impulsos eléctricos que de vez en cuando producían algunas sacudidas en su cuerpo. Le tocaron en sitios que él solo había conocido en su propia soledad e intimidad … Las tibias lenguas le acariciaban a medida que recorrían su cuerpo, mientras él se dejaba hacer …

Podían llegar a distinguir quién y dónde le estaban tocando, como si sus besos, caricias y masajes tuvieran un sello de identidad propio e inconfundible. La joven de violeta era extremadamente sexual y parecía que la yema de sus dedos quemaran allá por donde se posaran, siendo contundente y sabiendo dónde y con qué intensidad presionar … Mientras que la otra, la de naranja, era suave, cariñosa y delicada; parecía que sus dedos tocaban una melodía desconocida y prohibida, como quien toca un arpa o incluso un violín, usando el cuerpo del joven como instrumento de su inspiración más musical … ¿Estaba en el Paraíso?

Le despertaron unas gotas frescas que cayeron sobre su rostro y al abrir los ojos se dio cuenta que era Adah, quitándose la humedad del cabello sobre él con toda intención. Le sonreía a través de la densa melena, a pesar de estar mojada seguía teniendo una considerable cantidad. Se sentó a su lado, peinándose los cabellos con los dedos.

-¿Qué soñabas? Se te veía muy sonriente ...-comentó ella, mientras intentaba deshacer un nudo que se le había formado.

-Nada … Incluso yo puedo sonreír de vez en cuando, aún más dormido que despierto ...-contestó él, mientras se estiraba para despejarse un poco- Me daré un baño y después, continuaremos con nuestro camino.

La joven asintió y se dirigió a uno de los caballos, para coger de una de las bolsas unos dátiles cubiertos de miel, un regalo que le hicieron los campesinos palestinos. Altaïr se metió en el agua solo con los pantalones puestos y la joven se sentó sobre una piedra, cerca del río, mientras él nadaba o se frotaban la piel con agua para quitarse el pegajoso sudor.

-¿Cuántas personas has matado a lo largo de tu vida?-preguntó la joven con la boca llena, antes de acabarse el que sería el tercer dátil.

-No entiendo a que viene esa pregunta ahora ...-contestó Altaïr, que entrecerraba los ojos por la intensa luz del sol.

-Es eso a lo que te dedicas … ¿no?. ¿Quién te ordena hacerlo y por qué?

-¿Esas preguntas tienen doble intención?

-No soy espía, pero al menos tengo derecho a saber que pinto yo en los planes de quien te envió a capturarme.

-Yo tampoco tengo mucha idea … Yo solo acato con lo que me mandan y punto … No tengo mayor interés por lo demás, sinceramente …

-Entonces … ¿Disfrutas con tu trabajo?

-Hago lo que es justo y con eso me basta … Sé que detrás de toda esa sangre, se busca el bien común.

-¿Nunca te has planteado de la inocencia de tus fortuitas víctimas?¿Nunca has sentido compasión por alguna de ellas?

-Yo no voy por ahí matando inocentes … Está en nuestro código.

-¿Qué código? ¿Acaso sois otro grupo como los Templarios?

-Evito hacer comparaciones odiosas, pero algún parecido hay … La diferencia radica en nuestras ambiciones: ellos pretenden apoderarse del Mundo sometiendo a los diferentes pueblos, mientras que nosotros luchamos contra ellos para evitarlo. No buscamos ningún tipo de poder. Nada más que justicia.

-La justicia no es cosa de hombres. Es soberbio pretender hacerse justicieros cuando la última palabra la tienen seres superiores … Ni siquiera podría decir que son “seres”, tal y como conocemos el término.

-¿Eres cristiana?

-Creo en Dios, llámalo Yahveh, Alá … A fin y a cuentas, es lo mismo nada más que con diferentes interpretaciones, que radican en nuestras diferencias …

-¿Tú también eres de una secta o algo así?-le sonrió a la joven, mientras se acercaba a ella nadando a braza.

-Mis compañeras y yo vivimos en una pequeña aldea a las afueras de Acre … Somos un grupo fuerte y unido que lleva siglos sobreviviendo … De los ataques de unos y otros.

-¿O sea que no estás sola?- dijo Altaïr, más reflexionando para si mismo que para dirigirse a la joven.

-No queremos nada con los hombres- sentenció seria Adah- La Nana siempre nos dice que tenemos que tener cuidado con los hombres …

-No la culpo ...- se quedó apoyado sobre la roca con los brazos cruzados y la barbilla apoyada sobre uno de sus antebrazos.

Adah se le quedó mirando y se agachó sobre la corriente para limpiarse la miel de los dedos. Si eran un grupo, entonces ya no estaba tan seguro de que la chica pudiera ser el Grial … De todos modos, los Templarios podrían haberse confundido … Así que había un grupo de mujeres, aisladas en un pueblo, sin convivir con hombres … Y una de ellas estaba relacionada con el Grial … Adah posó su dedo en la frente del joven e hizo una cruz sobre ella.

-¿Quién es la Nana?- preguntó él, sin dejar de fijar su mirada al vacío.

-Es mi abuela … También la “Jefa”, dirige a las demás en las tareas del campo y contabiliza las provisiones … También nos enseña lo que es la verdadera palabra de Dios.

-¿La verdadera palabra de Dios?- Altaïr salió de su burbuja mental y miró a la joven con gesto escéptico.

-Los cristianos no son más que unos mentirosos … ¡Unos impostores! Se aprovechan de la Fe para controlar a la gente y enriquecerse.

-Eso ya lo sé.

-Pero lo peor de todo es que la Fe de la gente no es la verdadera, no es la voluntad ni de Dios ni de Yeshu … No hacen más que remarcar nuestras diferencias antes que anteponer las que nos hacen semejantes y recorrer la misma senda …

-Pero la teoría en muy bonita así contada, pero la realidad es que mientras haya hombres o mujeres corruptos, nunca podremos llegar a la utopía de la igualdad … Siempre habrá gente que querrá someter al resto para su propio beneficio.

-¿No matas tú a favor de la justicia?-replicó ella.

-Simplemente creo que muchas veces las palabras sobran y hay que tomar medidas más radicales al respecto … “Nada es verdad, todo está permitido”, reza nuestra ley.

-Esa ley es egoísta en cierto sentido ...-puntualizó ella.

-¿Pero acaso no esconde algo de verdad? Al fin y al cabo, nosotros mismos inventamos historias para tener algo en lo que creer y peor aún … Algo que nos dicte como actuar.

-Tú haces lo que te mandan …

Entonces, él calló. Por una parte tenía razón y él la reconocía como tal. Desde hacía tiempo, era consciente de que se dejaba llevar por lo que el Credo hacía, más que por sus propias convicciones. Pero aún habiendo perdido toda fe con muchos miembros de su grupo, incluyendo a la entidad en si, se resignaba a cumplir con su deber sin siquiera preguntarse si lo que hacía estaba bien o mal. Simplemente, no le importaba demasiado. No sabía hacer otra cosa … Más que matar.

-Es por otra razón ...-murmuró él, al cabo de un rato, mientras sus ojos marrones oscuros clareaban por el sol, haciéndolos parecer casi rojizos- No soy uno de esos extremistas musulmanes … Es más, aunque pertenezco a un grupo de ellos, en el fondo, soy un espíritu libre que depende de ellos por cuestiones de supervivencia.

-Suena raro … Pero te puedo entender: ambos no encajamos con los esquemas establecidos, pero de un modo u otro, estamos sometidos a ellos.

-Mi madre era cristiana y murió al poco de nacer yo … O al menos eso fue lo que me contaron. Mi padre pertenecía al grupo que me crió, pero a penas le conocí.

-Mi padre también era cristiano, o al menos clarito, como esos Cruzados que vienen de Occidente … Mi madre murió al darme a luz. Soy hija única y huérfana a la vez … Me criaron mis demás Hermanas … Junto a mi Nana, por supuesto.

Ambos se miraron con complicidad y sonrieron tímidamente, apartando las miradas, como si aquellas revelaciones establecieran algún tipo de nexo entre ellos: Ambos eran mestizos y huérfanos.