Semi escondido tras los volúmenes de libros, Altaïr estaba inmerso en sus planes. Un mapa del Mediterráneo estaba desplegado sobre la mesa, lleno de líneas que cruzaban una orilla a la otra, en un entramado parecido al de una tela de araña. Ojeroso y cansado, Altaïr descansaba su barbilla sobre sus puños, mientras observaba atentamente y con el ceño fruncido, el mapa que ante él tenía.
Una figura oscura, pero esbelta, se acercó saliendo de entre las estanterías de la biblioteca. Lentamente, se bajó el capuchón que le ocultaba. Un hermoso rostro, de mandíbulas marcadas, boca grande, nariz arábiga y ojos café almendrados, la piel muy oscura y los cabellos negros como el carbón y enrizados: era Ahmed, el hijo de Al Mualim. Altaïr le observó fríamente y se incorporó sobre su silla, sin perder el rictus de seriedad que reinaba sereno en su rostro.
-Buenas noticias, Maestro ...-dijo Ahmed, ofreciendo una elegante inclinación en señal de respeto- Hemos descubierto los planes de los Templarios.
-¿Qué noticias traes?-preguntó bruscamente, tamborileando impacientemente sus dedos sobre la mesa.
-Los Templarios tienen planeado embarcar de nuevo desde Acre.
-¿Cuándo?
-Dentro de una semana.
-Así que de nuevo andan moviéndose hacia el Mediterráneo ... ¿Sabemos algo del enclave que tienen los Templarios fuera de Palestina?
-Aún no, pero sabemos que un alto dirigente tiene pensado partir ... Y si puedo atreverme a mencionar, estoy convencido por las circunstancias de que planeara ir al actual enclave Templario.
-¿Qué pruebas tienes de ello?
-Actualmente, Armand Bouchard es el nuevo Gran Maestro Templario y está reclutando a todos los Caballeros en un enclave concreto para dar su próximo golpe. Las tropas de Saladino se han hecho más fuertes y están arrasando bastantes territorios; ya van de camino hacia Egipto: solo es cuestión de meses que tomen de nuevo Jerusalén.
-Se están retirando antes de tiempo ... Porque no es la guerra que buscaban. Saben que no les conviene una guerra abierta con Saladino, aunque ello les cueste Tierra Santa ... Y traicionar al rey y a su títere, Guido de Lusignan.
-Precisamente están intentando convencer a Lusignan de que renuncie a la corona de Jerusalén y huyan con ellos al enclave que tienen en el Mediterráneo.
-Hay muchas islas ...-comentó Altaïr dubitativo, mientras observaba de nuevo su mapa.
-De todas formas, tenemos localizados los barcos que partirán con los Templarios dentro de una semana .... Si me permite sugerirle ...- Ahmed posó ambas manos sobre la mesa y se inclinó en tono confidente- Sugeriría que reuniéremos a un grupo de asesinos y partiéramos cuanto antes: no tenemos demasiado tiempo.
-Tienes razón ... Encarga te de reclutar a un grupo de expertos y llama a Malik para que se reuna conmigo inmediatemente.
-Enseguida Maestro ...-y con otra elegante inclinación, desapareció de nuevo entre las estanterías, llenas de libros y pergaminos.
Altaïr se levantó firmemente y dejó a un lado el mapa que tantos quebraderos de cabeza le había traído en las últimas semanas ... En su ático, sacó la túnica blanca que hacía tanto tiempo que no se ponía y se quitó la negra que llevaba puesta, con un gran gesto de alivio. Cuando sintió la tela almidonada sobre su piel, el cinto apretar su vientre y contempló el brillo de su cuchilla oculta resplandecer a la luz del sol, sintió como si le trasladaran de nuevo a los Viejos Tiempos ...
Al llegar al puerto, Altaïr ordenó dispersar a sus hermanos, pero mantuvo a su lado a Ahmed, para que le cubriera las espaldas. Éste no parecía demasiado animado de unirse a la acción, ya que normalmente su sitio era el estudio de los textos del Corán en la biblioteca o recopilar la información de los informantes; pero Altaïr no confiaba en él lo suficiente como para dejarle la supervisión del Credo durante su ausencia, por lo que escogió a Malik para ocupar ese lugar.
Mientras los otros asesinos distraían a los guardias que protegía el recinto más próximo al puerto, Altaïr y Ahmed se deslizaron como dos sombras en el interior. La noche les era favorable, pues la Luna estaba en su máximo apogeo y, tanto en las zonas de luz como de penumbra, podían aprovechar el brillo de sus túnicas para camuflarse con la brillante piedra caliza de la que estaba hecha los muros y murallas de la ciudad de Acre.
-¿Dónde dices que se encuentra la base de los Templarios?-preguntó en un susurro débil que a penas podía escucharse.
-En ese torreón de la esquina ... -señaló, empleando el mismo tono, sin mayor entusiasmo. El torreón señalado era redondo, y estaba situado casi en medio del puerto, fuera de las inmediaciones de la ciudad. Una larga pasarela de madera conducía hasta ella, custodiada por varios palos de madera que sobresalían del agua, que evitaban que grandes barcos pudiera acercarse y asediar el torreón. Era lo suficientemente grande como para poder tener unos 5 pisos, con una habitación o dos en cada planta.
Desde la oscuridad que les protegía de los vigías que aún rondaban por las murallas que separaban el puerto del resto de la ciudad, esperaron silenciosos y cautelosos hasta que sus compañeros se hacían cargo de los últimos obstáculos posibles: el resto era cuenta de ellos.
El ruido de la espada atravesar la carne, tan familiar para el oído de cualquier asesino, rompió varias veces el silencio de la noche, acompañado de algún quejido de agonía que era rápidamente silenciado por otro rápido movimiento de cuchilla. Poco a poco, pudieron ver como sus compañeros emitían la señal pertinente gracias al reflejo de sus cuchillas. Cuando el número oportuno de vigías que tenía contado de antemano fue reducido a cero, ambos asesinos salieron de su escondite y se adentraron en lo más profundo del puerto para llegar hasta la pasarela.
Agachados hasta lo que sus cuerpos les permitía caminar, corrieron con los brazos extendidos y las cuchillas descubiertas. Sus sombras parecía sobre volar por donde ellos ya habían pasado, como dos águilas vigilando el puerto. Las antorchas encendidas, cuya luz salía por los ventanucos, indicaba la presencia de alguien en su interior, por lo que debían ser cuidadosos y estar alerta para que en cualquier momento, atacar sin levantar la sospecha de los demás guardias.
Parecieron oír unas voces, y se detuvieron, detrás de un cargamento que había a un lado de la pasarela, a unos cinco metros de la entrada del torreón. Altaïr, cerró los ojos fuertemente para después abrirlos en un instante: usó la visión de águila para localizar a posibles guardias.
-Hay tres personas en lo alto del torreón- dijo Ahmed, alentándose a Altaïr; éste último se quedó sorprendido, tardó unos segundos en reaccionar.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque les he visto- contestó con indiferencia Ahmed- Vamos, tenemos poco tiempo antes de que se marchen.
Altaïr observó como su compañero tomaba la iniciativa y salía de su escondrijo. Altaïr, con el ceño fruncido, salió detrás de él, comprobando que llevaba razón. El interior del corredor era incluso más oscuro que le propio exterior, con varias antorchas distribuidas caprichosamente a lo largo de la escalera de caracol que por dentro la recorría.
Al subir hacia arriba, no encontraron resistencia alguna, cosa que a Altaïr le pareció extraña. Subieron tan aprisa como pudieron y, cada escalón que subían, las voces, más bien los susurros de los Templarios parecía estar cada vez más cercanos. Altaïr enganchó de la manga de la túnica a su compañero pidiéndole calma y que redujera el paso. Ahmed, resignado, escuchó a su Maestro y le cedió el paso. Pegados contra la pared, escucharon a los Templarios.
-Señora, me temo que no podrá viajar, ya sabe ... Cosas de Monsieur Bouchard- comentó uno.
-¿Pero por qué? Quiero una razón ... Al menos una explicación- contestó una voz femenina, pero a la vez firme y violenta.
-El nuevo Maestre no quiere mujeres en sus filas: son las nuevas reglas.
-¿Acaso sabe con quién está hablando?-irrumpió de nuevo la mujer.
-Señora, Bouchard fue discípulo de Lord Basilisk: no es cualquiera. Además, no cree oportuno que una ex-amante de un antiguo miembro ...
-¿Cómo? ¿Cómo osáis siquiera a insinuar que fue la puta de un Templario? ¡De Roberto de Sable!
-Lo siento, pero usted misma era la que quería saber el por qué de no poder unirse con los demás miembros en Chipre. Siento que pueda haber herido su sensibilidad, pero así son las cosas. Espero que sea lo suficientemente madura para afrontar con resignación la posición a la que se la ha relegado- los hombres hicieron amago de irse, cuando la mujer tomó de nuevo la palabra.
-¿Y cuál es ahora mi nuevo puesto?
-Lo sabrá enseguida, Señora ... No se apure con esas vanalidades.
Ambos hombres giraron y se encontraron con Altaïr y Ahmed cara a cara. Con un leve movimiento de brazo, ambos cayeron fulminantes bajo los pies de los asesinos. La mujer, al borde de la almenas del torreón, se sintió acorralada, al mismo tiempo que, sin dudar un instante, desenfundó su espada.
-Señora, debería estar más agradecida ...-murmuró Altaïr con sarcasmo.
-¿Agradecida de qué? !No te debo nada!- y al mismo tiempo que pronunciaba aquellas palabras, apretando los dientes con rabia, se abalanzó sobre el asesino.
Ahmed salió en defensa de su Maestro y, con un giró de cuerpo completo, golpeó con el pomo de la empuñadura en una de las rodillas de la joven, haciéndola caer de bruces. La espada salió disparada de entre sus manos para caer a algún lugar entre las sombras. Altaïr, sin importarle lo más mínimo, agarró a la muchacha de su capa y la elevó, hasta que ésta casi estaba ergida, a penas sostenida por la puntas de sus pies. Ahmed se colocó detrás de ella para registrarla.
Los ojos de Altaïr y la muchacha se cruzaron. Altaïr recordaba aquellos ojos perfectamente: tan perfectamente como los de Adah. Era de un azul tan cristalino que parecían transparentes a la luz blanquecina de la Luna. Era ella: la joven que se hizo pasar por Roberto de Sable en Jerusalén. La soltó suavemente, y, enseguida, Ahmed la agarró de los brazos para inmobilizarla.

